Esperanto, de 30 años, no entiende nada. Ni por qué lo arrestaron al frente de la Joyería donde trabaja como guardia, ni por qué lo subían a un carro de policía sin una lectura de sus derechos y sin conocer el motivo de su detención. Tampoco entendió por qué lo llevaron, junto a otras 37 personas, a un cuarto y por qué sólo a él lo transportaron a la frontera con Haití, para dejarlo solo, sin documentos ni dinero.
Esperanto sólo sabe que deberá dormir en Anse a Pitre, lejos de su casa en Santo Domingo. Que deberá ir nuevamente a preguntar a los registros dominicanos,para que lo encuentren como el ciudadano que es. Que debe reunir dos mil quinientos pesos dominicanos para contactar a un “buscón” y volver a su hogar.
Su historia comenzó el martes 27 de septiembre . El hombre, que habita en Calle La Paz, había llegado hasta su trabajo una larga avenida a las 6 de la tarde del día anterior, como su horario de nochero lo indica. Pese a que, dice, no tiene un contrato ni seguro social, cobra $10 mil pesos dominicanos por su labor que se extiende hasta las 7 de la mañana.
Ese día, cuenta, salió después de lo acostumbrado. Cerca de las 10 de la mañana, un grupo de policías lo tomó. Era la primera vez que lo arrestaban, recuerda.
Su primer destino fue el furgón de la Policía Nacional dominicana. El segundo, una comisaría. El tercero, la frontera domínico-haitiana.
“No tenía yo dinero”, es la explicación que tiene para entregar ante el hecho que, de los 38 detenidos, haya sido el único deportado. Esperanto relata que los mismos policías ofrecieron a los reclusos la oportunidad de pagar $2.500 a cambio de ser liberados. Él no pudo.
También sustenta su historia en el hecho de que lo hayan identificado como un extranjero. Que lo confundieron con un haitiano y que por eso lo enviaron a este lado de la fronter, se lamenta el hombre que viajó cuatro horas a bordo de un carro policial. Esto, antes de que lo abandonaran.
A una semana aún no ha recibido respuestas. A siete días, Esperanto sigue sin entender qué sucedió.
A propósito de la besatón mundial por la educación, convocada por Camila Vallejo.
A great engagement shoot idea from photographer Jeremy Blanchard.
Want to make your own? He’s got a step-by-step guide over on his flickr page!
Los “maleducados”
Cuando chica, mi mamá me detenía cada vez que bailaba en la calle. “Es una falta de educación”, creo que me dijo.
Yo, obediente, dejé de bailar. Ya más grande, también dejé de corear canciones, de sonreír a quien pasaba, de mirar mucho, de percibir al de al lado. Crecí y dejé de sentir.
En Puerto Príncipe, nadie conoce esa “educación”. Un saludo amable puede llevar a una cerveza. Un poco de música y ya hay una fiesta. Una mala palabra y es una discusión colectiva.
Así pasan los días los comerciantes que repletan las calles junto a las torres de basura. También repletan las calles y pasajes donde siempre falta un vecino, un pariente o un amigo. Se fueron con las casas que ya no existen.
Los haitianos, bailan, ríen, silban y perciben. Existen y lo saben, aunque el resto se empeñe en tratarlos como el “hermano pobre”. Existen y lo saben, lo valoran y lo enrostran.
Por mi parte, hoy siento cada uno de los olores que inundan las avenidas sobrepobladas. Respondo a cada “bonjou”, intento sonreír a cada “blanc” que escucho. Me enfurezco cada vez que me piden plata.
Todavía no es mucho. Todavía soy “muy educada”.
A las siete cae la noche y la ciudad descansa. Los vendedores dejan sus puestos, la ropa de segunda mano se descuelga de los muros y sólo quedan las brasas y los carros de quienes ofrecen “comida rápida” y alcohol en balones plásticos.
El humo de los tap-tap desaparece. También los peatones, que ya no gritan, ni reclaman, ni ríen como si en eso se les fuera la vida.
Así, el sonido de los tambores sucumbe silencioso, pero feroz. Las voces entonan las melodías de quienes despiden a sus vecinos y parientes, a sus antiguas casas. De quienes enrostran cada día el 12 de enero de 2010. De quienes, resignados, arman jardines afuera de su carpa-habitación.
Las luces de la ciudad se van. Sólo aparecen los carteles luminosos de los casinos, de los bares y los clubes de Petionville, el upper-side de Puerto Príncipe.
Los rostros perfectos. Las uñas cuidadas, las largas y fuertes piernas apenas interrumpidas por un vestido. Las haitianas van de fiesta.

Ojos negros. Un par de ojos negros se asoman por la puerta. Detrás de ellos, un cuerpo escueto, curtido, descalzo. Darwin y sus ojos negros se asoman a la puerta de su casa. La luz de la tarde los ilumina, en el campamento del Estadio Sylvio Cator.
Darwin no supera los 5 años. Igual que sus amigos, casi todos con nombres de cantantes, no se preocupa. No le importa que en unas horas destruyan lo que ha sido su casa. Sólo corren y buscan “blancs” pou fè foto.
No les interesa que, en unas horas, las telas que los han cubierto de la lluvia, serán envueltas. Serán retraídas y enviadas quizás quién sabe dónde. Quizás serán enviadas.
No importa. Un par de quenepas puede hacerlos olvidar el hambre; el hambre y el olor a mierda que inunda su hogar desde el terremoto y que los envuelve a ellos también.
¿Para qué pensar en eso? Es mejor correr mientras las madres lavan las mudas de ropa, posar para los extranjeros y sus zoom, jugar con los condones que reparten para combatir el Sida, desafiar el aire puro y los atardeceres de la ciudad.
Es mejor sonreír.
Refrigerador de @noearcos (Taken with instagram)
Pollin cumpleañero (Taken with instagram)
Mi nueva amiga (Taken with instagram)
Al costado, tres de estos. (Taken with Instagram at Metro Ñuble)